En ocasiones tengo la impresión de que estamos en los tiempos de la inquisición y poco hemos avanzado como sociedad libre y demócrata gastronómicamente hablando. Es evidente que cada comensal es libre de tener unos u otros gustos en cuanto a sus preferencias en la mesa, pero esa libertad debería ser bien utilizada para que cada cual elija su propio camino sin atacar y perseguir a aquellos que no comparten sus ideas.

Actualmente vivimos en nuestro país el inicio de algo que quiere llegar a convertirse en tendencia y que afecta al color de los alimentos como los conocíamos tradicionalmente y que ahora están siendo modificados. El negro y el azul son, como dirían los enamorados de la moda, el color de referencia y podemos ver cómo un amplio número de alimentos y platos han transformado su color original por otro de una pantonera gastronómica de nuevo acuño. Es cierto que esto tampoco es que sea lo más original del mundo y no hemos descubierto nada nuevo; han sido muchos los alimentos que cambiaron su color por la influencia de la mano del hombre y quizá el más destacado y conocido es el caso las zanahorias: originalmente no eran naranjas, sino que eran púrpura por fuera y amarillas por dentro y que por un proceso de selección de variedades, los holandeses las transformaron al color oficial de su país.

¿Realmente influye el color de los alimentos en su sabor? La respuesta a mi parecer es que en el sabor influye poco o nada, pero donde sí que tiene incidencia es en el aspecto visual, que es lo que habitualmente más utilizamos a la hora de decantarnos por una u otra propuesta. Tengo que confesarles que no comparto del todo esta moda y que cada vez me gusta más que las cosas que como se parezcan a lo que realmente son. Cualquier día en vez de ofrecernos la carta en un restaurante nos ofrecerán un sudoku y el maître nos disertará sobre la influencia de las matemáticas en la cocina para finalmente preguntarnos cómo queremos las raíces cuadradas: al punto o poco hechas.

No quiero tampoco parecer un carca, pero como comentaba al principio, cada uno es libre de introducir en su estómago aquello que considere oportuno en cada momento, pero no por ello debería caricaturizar, tirar por tierra o despreciar el esfuerzo que otros realizan por sorprendernos o llamar la atención sobre uno u otro asunto por medio de la cocina o la enología. En definitiva la cultura no debe contar con elementos de censura en ningún caso ya que nos hace pequeños y no permite nuestro crecimiento como sociedad civil y gastronómica.

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