Cuentan que ya entrada la segunda mitad del pasado siglo, aterrizó por Málaga un pseudo romántico y viajero guiri con ínfulas de examinar nuestras curiosas costumbres. Contactó con las foráneas e influyentes familias allí establecidas, quienes sentáronle, al reparador solecito de mediodía, a una desvencijada mesa de “El Cabra” entre jábegas, boliches y birortas. Mr Alter Ego, llamémosle así, se jactaba de conocer nuestra culinaria e idioma. Así, al comandar la comida, intervino sin pudor en el tejemaneje: “…y a mi de segundo, tráigame porr favorr un chanquete”. Mientras los demás reían, en un santiamén, Cabra le espetó: “¿a la plancha?”.

Y es que la historiografía del chanquete aporta cantidad al anecdotario malacitano. Tanto que ya son leyenda urbana. Pero haberlos haylos y el mito de su propia y diferente especie (Aphia Minuta) cierto es: está moteado en negro de cabeza a cola, de adulto su tamaño es el de un alevín de otras especies y su semejanza con el del boquerón es grande, diferenciándoseles, el que tenga el doctorado, por carnosidad, color (blanco-rosado), transparencia y ojos. Dicen que se les nota en la mirada. Respecto a su sabor, muy fino de paladar hay que andar para, una vez fritos y encerrados en su capa de harina tostada, adivinar su identidad. No digamos ya si los tomamos con ensaladilla de pimientos y cebolla, con gazpacho o con huevos fritos, como solemos hacer.

Su fritura requiere del dominio de la técnica en todos sus pasos: la conservación previa, la humedad y lamiosidad de los bichos, la cuidadosa manipulación para no dañarlos, el enharinado y el hábil uso del cedazo, el tamaño y profundidad del perol, la calidad y cantidad de aceite, su temperatura, el número de ejemplares por fritada, el tiempo de cocción, el secado y el inmediato servicio. Sólo la buena mano harán el resultado óptimo: sueltos, secos, dorados y crujientes por fuera, jugosos por dentro y sabrosos por  tos laos. Es decir, como dios los mandaría hacer si es que, de estar ahí, le diera por meterse en los menesteres que tienen que ver con estos pececillos que, según Plinio, surgen por generación espontánea de la espuma de la mar.

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