No es que llovieran chaparrones, no, pero sí era, sí, una tarde de invierno, seis de enero, el sol en lo alto brillando y el frío en lo bajo, a ras de humanidad, acartonando. Soleando andaba yo, gustándome pero abandonado a mi suerte. Recreándome en ella, decidí echarla y que fuera buena, pues como se sabe, ella sola, sin adjetivar, no es nada y puede serlo todo si lo haces. Esta vez le puse el adjetivo de Jaylu, y allí en su barra, sólo, repito, me senté y, consciente del peligro, me dejé de ir, me dejé llevar por Enrique y su peculiar faenar en la mar de excelentísimos, en todos los sentidos, pescados y mariscos. “Poco a poco”, le dije. “Yo te voy dando”, me dijo. ¡Y vaya si me dió, mi arma, en tol bebe!. No quiero ni me interesa aquí describir pormenorizadamente y al detalle las glorias recibidas, los productos papeados ni las sensaciones sentidas. Vayan y flípenlo ustedes mismos. ¡Pa chillarles!. Una vez saciados hambre y placer, jartito, me deleitaba con el regustillo y el recuerdo de lo engullido mientras él trajinaba con los jamones. Echado sobre ellos, los palpaba, cortaba, acariciaba y olisqueaba. Tenía varias viejas y grandes glorias de bodega y oreo ante sí, unas colgadas, otras a mano, peso y crianza seleccionada, patas de ibéricos de montanera, belloteros al trote cochinero, carne de su carne de la más alta calidad. Aromas que revoloteaban enderedor. Les dedicaba toda su atención mientras murmuraba incomprensiblemente. Parecía absorto, inmerso en otro mundo, en los entresijos del de los gorrinos que no en el de los hombres. ”Me tomaría media”, pensé y dije para mí por lo bajini. Al momento, estiró el pescuezo, giró la vista y sonrió. Quizás la baba me delatara, pero, para mí, que es que tiene un sexto sentío. Mi media tuvo de todo: jarrete en tacos oscuros, macizos, fibrosos e intensos; finísimas lonchas de la maza, transparentes, almendradas y  entreverás; lascas estrechas, carnosas, magras y maduradas de la babilla; y virutas de la equilibrada y aceitosa cadera y su punta trasera. Dulce, delicado, pero además sudoroso y brillante, oloroso, vivo. ¡Pa chillarle!. “Pero con este frío que los amojama y reseca, su chicha atociná ¿cómo lo haces? ¿Cómo puedes sacarles tanto partido? ¿Cómo consigues presentar este platazo inmejorable?”. “Es que, no sé…….hay que hablar con ellos”, me contestó el hombre que susurra a los jamones.

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