Cuando hablamos de gastronomía a algunas personas a las que no les interesa mucho este tema se le ponen los pelos de punta. La verdad es que en cierta manera muchas cosas se han pasado de rosca y la tan contaminada creatividad tiene el problema de los excesos, de las modas que pasarán, como ya han pasado otras veces, y que solo se comprenden dentro del conjunto de movimientos gastronómicos. Pero independientemente de si a usted le gusta la gastronomía o es de esos que no tienen pretensiones y que solo quieren comer bien, seguro que siempre agradece un buen pan. A mí, además de la gastronomía, me gusta comer bien y siempre comienzo seleccionando los productos sencillos: el aceite de oliva virgen extra, las legumbres, el pescado fresco… tantas cosas, pero sobre todas ellas el pan, siempre el pan. No hay nada comparable a una hogaza de pan recién hecho, sacado del horno, que provoca que nos volvamos para oler esa ligera bruma que alimenta y que hace que cerremos los ojos, como en un beso. Ese pan de corteza crujiente y dorada, de miga ligera y grandes ojos que nos miran con ternura desde su interior. Y no importa qué pan, sino cómo, es decir, me da igual el pan cateto, la regañá ligera, la sólida y familiar telera o la baguette, pero sí le exijo que esté bien hecho ¡y qué difícil es encontrar un pan así! No entiendo una comida sin buen pan, elemento espléndido que nos dirá que allí donde esté él comeremos bien, no comprendo cómo nadie se atreve a preparar un plato muy elaborado y a acompañarlo con masa chiclosa de gasolinera. Y así nos va. Tendremos que volver a los principios –en tantos sentidos- y que entender la gastronomía desde la candidez, desde la calidad, desde las cestas donde reposan esos panes recién nacidos que huelen a verdad y que nos recuerdan a la infancia, de esos que proporcionan tranquilidad nada más verlos. Luminosos, bondadosos, cándidos, solo pan. Pero espléndido. Pan.

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