Entre los 70 y principios de los 90, los médicos de cabecera combatieron la obesidad incipiente, quitando el pan de la dieta de los aquejados de sobrepeso. Los gorditos le achacábamos un contenido energético brutal, cuando habitualmente no supera las 250 Kcal/100g. La consecuencia (no solo por esta causa) un descenso brutal del consumo pan, pasando de 134 Kg/año en 1964 a 31 Kg/ año en 2019. Dividimos por 4 nuestro consumo de pan mientras se multiplicaba casi por la misma cantidad el número de obesos. ¡Algo no se hizo bien!

El motivo más esgrimido para reducir el consumo de pan era “las malas compañías” ya que el pan tiene amigos muy calóricos como las salsas, embutidos, grasas untables (mantequillas, paté, sobrasada), quesos, etc., que una mente lúcida pensó que, si quitábamos el pan, dejarían de comerse. Se sustituyó por picos, colines o palillos, con un contenido energético que suele superar las 300 Kcal/100g, o simplemente comiendo más de esos alimentos calóricos, para llenar el vacío que dejó el pan.

Valga este ejemplo para poner encima del mantel, el problema de las restricciones horarias en el sector de la hostelería. Si bien los gobiernos saben que las tasas de contagios en estos establecimientos son muy bajas (inferiores al 5%), lo que demuestra que el sector lo está haciendo bien, limitan su horario de cierre para evitar contactos interpersonales y por ende los supuesto contagios. Como en el caso del pan, parece que debería haber un resultado positivo, pues las personas sin bares, tabernas y restaurantes se debería quedar cada uno en su casa. Pero también como el caso del pan, la población no reacciona quedándose en su propia casa, sino reuniéndose en la ajena (de forma clandestina). En éstas, es más difícil mantener las distancias de seguridad, se ventilan peor y como nadie controla, es más posible que las mascarillas desaparezcan pasados los primeros 15 segundos. Además, a efectos de rastreo, todo infectado declarará sin problemas que estuvo en un bar en una fecha y hora concretas y se podrá localizar a los posibles contagiados. Pero ¿quién va a declarar que estuvimos en una fiestecilla clandestina “conviviendo” con 30 en un piso de 40 m2? ¿Quién dirá, que se quedaron hasta que se levantó el toque de queda, compartiendo entre 7 un sofá y bebiendo a morro de la última botella? Pero no culpabilicemos solo a los jóvenes, los mayores nos reuniremos unas cuantas parejas algún fin de semana en casa de unos amigos para cenar, o celebraremos el cumpleaños de la abuela con todos sus nietos en su propia casa. Cuando cualquier de estas actividades se realizarían en un restaurante, con mejores medios contra el contagio.

¡Dame pan y dime tonto, pero no te cargues los bares!

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