Dice Woody Allen, creo que en Annie Hall o alguna de aquella época: “Todo lo que nos decían nuestros padres que era bueno ahora resulta que es malo, como el sol, la leche, la carne cruda y la universidad”. Y es que no nos dejan tranquilos ni una semana con tantos consejos, alarmas, alertas, descubrimientos y sesudos estudios, casi siempre contradictorios con otro(s). Ahora que es temporada del atún, unos dicen que hay que comer pescados azules por sus omegas varios, pero otros nos advierten que tienen más mercurio que una fábrica de espejos. Otrosí con el tomate, bueno para la próstata y cien cosas más, pero malo para la gota y la vesícula. O la soja, casi panacea universal, pero ojo con las hormonas. Y así nos llevan y nos traen, un día sí y otro no. Ni el jamón queda libre de sus garras. Ahora que lo peor de lo peor es el foie gras, que tiene un montón de calorías, colesterol, grasas saturadas y otros venenos, y encima se hace maltratando a los animales. No hay por donde cogerlo. Por eso hay que cortarlo con un cuchillo limpio y colocarlo -nunca aplastarlo ni untarlo- sobre una rebanada de buen pan (de nueces, por ejemplo; y para mí, sin mermelada) y paladearlo con delectación para que se impregne el paladar de su grasa untuosa y su rico abanico de aromas. Y luego nos vamos al confesor, al muro de las lamentaciones o al dietista, según las creencias de cada cual, y listo.

Otro castigo recurrente son las dietas milagrosas: que si hay que hincharse de proteínas y no catar el pan, que si no mezclemos churras con merinas… un sinvivir si les hiciéramos caso. Pues, ¿y la fruición con que cuentan estos peligros y avatares los telelocutores tremendistas (que son casi todos)? Puestos a hablar de perjuicios para la salud, no sé que es más dañino, la manía por la comida-medicina, las dietas milagro o la obsesión por la prevención médica: si hubiera que cumplir todas las revisiones, analíticas y escaneos varios que nos aconseja cada especialidad galénica, no tendríamos tiempo ni para comer (ni bien ni mal), con lo que estaríamos delgadísimos. Así que quiero reivindicar una vez más el placer de comer. Comer variado y de la mejor calidad a nuestro alcance es la mejor norma. Productos de temporada o exóticos, crudos o elaborados por manos magistrales, pero con alegría, que eso sí que da salud y longevidad. Y con vino, naturalmente. Si necesitan apoyo científico de verdad, ahí está el refranero: el vino limpia el diente, sana el vientre y alegra la mente.

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