No hay alimentos afrodisíacos. Puede serlo el comer gloria bendita en la compañía adecuada, y quizá más el cocinar. A mí me pasa a veces cuando me encierro en la cocina y no dejo entrar a nadie. Me cuesta limpiar hasta los quemadores, pero el que algo quiere… Paso revista a las provisiones y lo primero que hago es tocar voluptuosamente las frutas: melocotones de fina pelusa, peras suaves y firmes, melones rotundos, higos que destilan miel (me zampo alguno), cerezas rojas que crujen al morderlas, plátanos firmes pero cremosos… Y las verduras, que me gustan cada vez más, no por el simbolismo basto de pepinos y similares, sino por el gusto que da quitar las hebras a las judías verdes con un pelaverduras y aspirar su perfume a campo fresco, a hierba en la que tumbarse al sol. O cortar con un cebollero afilado las crujientes lombardas, las sedosas endibias, las recias zanahorias. Cada una te sugiere un paisaje distinto con sus efluvios. Luego, unas van al microondas a cocerse levemente (las muerdo a ver si están en su punto), emitiendo mensajes turbadores. Otras, crudas, más agrestes, excitan los apetitos. Es suficiente para los primeros escarceos, luego vendrá el momento de unirlas en combinaciones atrevidas o tradicionales, según esté el cuerpo. El cuerpo que empieza a pedir un descanso o un cambio de postura.

Los huevos también son aliados del placer. Tienen texturas agradables y acogedoras: crema, esponja, gelatina. Todo gana al amparo de los huevos: tortillas, revueltos, suflés a los que hacen subir (cuando pasa el calor se bajan, ley de vida) o como componente casi único de merengues y tocinillos de cielo, dulces remates untables -además de untuosos- de un placentero festín. Pero no adelantemos el final, no hay que tener prisa por acabar. Curiosamente, el marisco no me motiva tanto. Ni las afamadas ostras, ni la opulenta langosta, ni el simbólico mejillón me excitan las yemas de los dedos ni el olfato. Eso sí, las quisquillas crudas dejan en el paladar un cálido tacto de mantequilla (¡Ay, Marlon Brando y María Schneider!). Y llega la culminación: ponerse a cocinar. Los olores y colores de pescados y carnes crudos empiezan a adquirir tonos cálidos, sus texturas se ablandan o endurecen, según los casos. La alquimia del ajo con la canela o la pimienta con el comino desarrolla la potencia de los materiales y llega el momento de la unión completa: comérselos y hacerlos carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre y grasa de nuestros michelines. Pero el rato profundamente íntimo y exploratorio que se pasa uno antes a ver quién lo mejora.

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