Qué fáciles eran los tiempos en que las cosas tenían nombres sencillos, sin pretensiones y sin esconder alguna sutil trampa que nos llevara a comer lo que no deseábamos. Aquel tiempo que el Código Alimentario Español nos decía que la leche “a secas”, era leche de vaca y que a cualquier otra había que ponerle el nombre de la especie de procedencia. Pero ahora todo se ha complicado lo que toda la vida era aceite de oliva, el que se obtenía de la prensa directa en las almazaras, ahora hay que denominarlo aceite de oliva virgen, porque si no, te llevas una mezcla de refinado con oliva virgen extra. Además, si quieres que ese aceite de toda la vida no tenga defectos, hay que especificar que sea aceite de oliva virgen extra. Pero si, quieres realmente un producto genuino y con certificación de calidad, requiere denominación de origen, que son muchas y muy buenas en Andalucía. Y aún más, si quieres unos matices de sabor, tendríamos que afinar con la variedad, o el coupage (con los porcentajes de cada variedad) que puedes encontrar en algunas DO. Añádele la posibilidad de sea de principio de temporada (aceitunas más verdes y sabores más intensos) o final (más dulce y aterciopelado) y el resultado es una larga retahíla de añadidos.

Esto también ocurre en otros productos, quizás aún no tan extremo, como es el jamón, que para nuestros abuelos sólo había dos tipos: el bueno y el de York (cuando estabas malo). Por supuesto que el jamón bueno, era 100% ibérico de bellota, porque estamos hablando de antes de que irrumpiera el cerdo precoz (blanco) en España. Tiempos en que las familias criaban sus cerdos en los traspatios, con los desperdicios de la casa y/o un poco de grano, por lo que aprovechar la montanera (bellota) era ahorrar en la crianza de los animales.

Nuestros queridos y humildes alimentos tradicionales han subido a la más alta alcurnia y compiten en apelativos, como los ricos de apellidos compuestos, para no perder el rastro del abolengo.

Ya sé que pediré mañana para desayunar: café descafeinado de máquina con tueste natural 40% Colombia y 60% Arábigo, de comercio justo; con leche desnatada y sin lactosa de cabra murciano-granadina ecológica, corto de café; con media tostada de pan artesano de masa madre, mezcla de espelta, avena y centeno, con chía y sésamo; con aceite de oliva virgen extra de la DO Priego de Córdoba, con un coupage de 80% hojiblanca y 20 picual envasado al principio de temporada; acompañado de jamón 100% ibérico del año 2013, de la estirpe torbiscal, criado con bellota, a ser posible hembra del lado izquierdo. ¡Ah! y un vaso de agua del grifo, que es la mejor en Córdoba.

Habrá que madrugar, o mientras pido, se pasa la hora del desayuno.

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