Dice mi amiga que por qué cada vez que come con un cocinero la experiencia se convierte en una especie de autopsia deliciosa donde el chef se convierte en un forense de lo sublime. Según ella, se trata de un momento donde los diferentes componentes del plato danzan al ritmo que sus papilas gustativas marcan para, posteriormente, darle vida, uno a uno, a los productos que están saboreando.

Yo le digo a mi amiga que así es, porque así lo he experimentado yo. Pero también le digo que creo que ese espectáculo de la muerte y la vida es también el mismo que protagonizan los cocineros cuando, a solas, se ponen delante de los habituales cadáveres que devoramos, saboreamos y pensamos. Un momento en el que se convierten en forenses que devuelven a la vida a eso que llegó a su cocina sin un latido en el corazón.
A mi amiga, según me dice también, comer le parece un acto sensual y sexual. Y yo la escucho con atención porque creo estar ante una deducción digna de atención y elogio.
“Mira -me describe- la boca, la lengua, la nariz y los ojos son protagonistas de cada bocado, al igual que lo son cuando besamos”.
“Comer es igual a ser feliz, ¿sabes?”, sentencia mientras que yo estoy con lo de los besos.
“¡Caramba! que evidente y bella afirmación”, le digo con cierta sorna. Y a ella, que el palo cortado le hace llenarse de templanza, parece no gustarle mi respuesta.
“¿Acaso cuando estamos enfermos comemos? ¿Acaso cuando la pena ahoga nos sentamos a la mesa a comer?”, vuelve a sentenciar.
Recapitulo las palabras de mi amiga y resumo a mi manera: Sensual, sexual, curativa, sanadora, sintomática… Comer es eso, es un termómetro de la felicidad.
Por eso, le pido a mi amiga que me deje contarlo aquí, que me deje recordar que no se nos olvide que la gastronomía es el arte de hacernos felices, y no hay más.

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