Por fin parece que declina la norma Parker de tintos potentes con muchos taninos y color casi negro: juventud y poder en vez de madurez y elegancia. Y digo que parece ceder porque los consumidores jóvenes, sobre todo en países de consumo en alza como Gran Bretaña o EEUU, dicen preferir vinos más afrutados, con menos madera nueva, con sensaciones placenteras, complejas y amables. A ver si cunde el cambio de tendencia entre nuestros bodegueros y crítica especializada. Hace unos doce años, en una cata a ciegas para calificar los cinco vinos más puntuados en las guías especializadas, había cuatro vinos potentes y jóvenes, de esos que se llamaron de “alta expresión”, y un Vega Sicilia Único de veinte años, maduro, complejísimo, elegante, de largo posgusto… pero “demasiado viejo y sin fuerza”, como dijo un joven que estaba a mi lado. Casi el 90% de los cincuenta catadores le dieron la puntuación mínima. El resto, profesionales de la hostelería y el que suscribe, le dimos entre 28 y 29 puntos sobre 30. Quedó el último.

Pero no siempre fue así. Antes se hacían, en Rioja y en pocos sitios de España más, vinos pensados para envejecer. Recuerdo con especial emoción una cata en el Etxeberri de Zumárraga de algunas joyas de su casi centenario sótano: Imperial de 1952, Viña Albina del 64, Muga del 70 y un Vega Sicilia muy viejo (la añada no se veía en la etiqueta). Estaban todos imponentes. Como el que describe Stevenson en el caso del doctor Jeckill y Mr. Hyde: Utterson, abogado y amigo del doctor, comenta el caso con su pasante mientras la niebla londinense reina en el exterior; en la mesa, “un vino particularmente añejo que había reposado largo tiempo en la oscuridad de la bodega”. Saboreen la descripción del vino: “En el interior de aquella botella hacía años que los ácidos se habían transformado, el tinte imperial había madurado con el paso del tiempo del mismo modo que los colores se llenan de matices en los vitrales, y el reverbero de las cálidas tardes de otoño en las laderas pobladas de viñedos estaba por fin listo para ser liberado y dispersar así las nieblas de la ciudad de Londres”. El ácido de la juventud (y los taninos, que no los cita porque no se sabía de ellos en 1886) había dejado paso a la suavidad; el “tinte imperial” -o sea, el púrpura de la juventud- había adquirido múltiples matices, junto con la finura y suavidad del paladar y la complejidad de los aromas. En medio de la angustia por el problema de su amigo, el vino maduro, aromático, amable, de largo regusto –imagino yo- mitiga el frío de Londres y el del corazón. ¿Estarán así los vinazos estilo Parker dentro de unas décadas?

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