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Fernando Huidobro

Sentarse a comer pausadamente en un buen restaurante una buena comida bien cocinada debería estar recomendado por los colegios oficiales de psiquiatría/psicología como obligada terapia contra el síndrome de pensamiento acelerado que la sociedad actual nos impone. 

Este sistema de dominación bajo el que vivimos y que nos exige acelerar cuanto hacemos para rendir más y mejor -es decir, peor- nos trae por la calle de una amargura sin fin o, mejor dicho, con un único fin posible: el crash. Es una coacción insoportable que no solo coarta nuestra libertad, sino que nos hace enfermar al mantenernos ocupados en el absolutismo del trabajo. Y del  ocio también, porque lo han convertido en neg-ocio, es decir, la negación del ocio. Esta es la principal causa, y por tanto lacra, que nos conduce a la angustia vital, el estrés y lo que se ha dado en llamar el burnout o, en vulgar andaluz, la quemaera.

Pues bien, independientemente de los antídotos de terapias varias, mindfulness, coaching, drogas, medicamentos y demás sospechosos habituales contra esa maldad que habita en la aceleración vital, entre los que obligatoriamente hay que incluir como parte importante del problema a la Fast&Bad food y sus industrializados hábitos alimentarios, fueraparte de este horror, la Slow&Good gastronomía y su restauración tienen mucho que ofrecer como remedio salvador: food is the drug. 

Haz, al menos, un kit-kat gastró a la semana, lo necesitas. Lucha por tu desaceleración. Haz bien las cosas. Cualquier caña con tapa de cualquier bar de siempre es un más que recomendable comienzo. Este ‘estiramiento’ sirve para comenzar a ralentizar nuestros biorritmos y nos predispone al goce que conlleva la celebración de ese don terrenal que es el buen comer.

Una buena comida es la excusa perfecta para sanar de este cáncer y está al alcance de muchos. ‘Cocinar’ este plan y zampárselo tranquilamente nos hace dejar de repensar el futuro incierto. Es el parar aquí y ahora para disfrutar el presente. Al menos por un buen y largo rato. Dejemos de comernos tanto la olla, abandonémonos a la suerte de nuestros sentidos y sintámoslos: la vista, el olfato, el tacto, también el oído y el saborrrr de la buena cocina y el bien comer. Deja que sus estímulos se propaguen por todos tus poros y lleguen hasta el cerebro y disfrútalos parsimoniosamente. Sin prisa. Sin meterte en bulla. Porque todo ceremonial requiere de su tiempo y el comer, que sin duda lo es, también tiene el suyo. Dáselo. Regálatelo. Compártelo. Vívelo. No dejes que la aceleración de tu olla exprés rompa el ritmo pausado de este momento que te da vida, porque el tiempo no espera a nadie…y tampoco lo hará por tí.

“Vamo a escushá”, dicen los flamencos durante el buen cante que, ese sí que sí, va a su ritmo esencial. Nos están diciendo: pisha, orvídate de tó, tate al loro y callaíto, ni se te ocurra da palma, gorrión, siente y gosa. Su filosofía es ir pegándole pellizcos a la vida. Así como necesitamos de cante y música que nos ayuden a vivir, así mismo necesitamos de una gastronomía que surta el mismo efecto, de lo contrario de nada nos servirá, salvo para alimentarnos y subsistir físicamente. 

El valor de una buena comida está precisamente en su duración, en la detención del tiempo -¡tiempo, detente!-; esa es la vivencia que merece la pena. Ahí está el pellizco. Exígesela a tu restaurante habitual/favorito. Y a tí mismo. Es ese tiempo de recreación -en su triple sentido de volver a crear, gozarse y recreo- el que estamos perdiendo, el que debemos asegurar y no deberíamos, indolente, dejar marchar. Cocina/Comida Recreación llamé a mi libro. 

Food is the drug…for me.
*Con una pequeña ayuda de mis amigos B.Ferry/A.Mackay, Los Rolling y Los Romeros de La Puebla.

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