Ya se ha iniciado el periodo ferial en algunas de las grandes capitales y pueblos andaluces y se continuará con feriales repletos, o verbenas con encanto, hasta que acabe el verano y más allá. Y desde que entras en ella, ese olor inconfundible a “Feria”: a humanidad y comida peculiar.

Son visita obligada de lugareños o forasteros y algún día toca comer, cenar, o simplemente picar en la feria. Y nos surge el eterno dilema de la calidad higiénica que puedan tener tanto los establecimientos itinerantes, como las propias casetas de feria. Porque lo efímero de las construcciones y los recursos con que cuentan, da mucho que pensar. Pero no voy yo a arremeter contra instalaciones, hábitos higiénicos de los manipuladores y/o la frecuencia o momento que la inspección sanitaria los visita. Mi duda se centra en la oferta gastronómica que en estos lugares podemos encontrar y hasta qué punto, podemos considerarla una tradición gastronómica. Hay platos que en pueblos se llaman típicos, con menos años a sus espaldas que el perrito ferial, o la patatona rellena de mil y un ingredientes. Eso sin hablar de perlas de caseta como la tortilla de patatas, los pimientos fritos, el chorizo al infierno, la fritura de pescado, el jamón, o el queso, que saben a gloria, sobre todo, si te han invitado, o llevas muchas horas en la feria. O ese caldito del puchero a altas horas de la madrugada. Y en cuanto a bebidas: la manzanilla “la guita” ha ido perdiendo adeptos frente al rebujito y si eres más joven al macetón, o botellón clandestino.

Y es que la feria son unos días en que una ciudad efímera da rienda suelta a nuestro ocio, de música, baile, atracciones feriales y bullicio disfrazado para la ocasión. Con su portada, sus fuegos artificiales y, cómo no, su comida y bebida típica, que, salvo adaptaciones culturales locales, nos unifica a todos y añoramos todo el año. Esos platos que en otro lugar y fecha recelaríamos de tomar, o directamente evitaríamos comer, en feria se convierte en objeto de deseo y culto. Pues entre tanta mediocridad, todos sabemos cual es el buen puesto para las patatonas, o el perrito; la caseta de comida para carne, o patatas revueltas; y esa caseta en la que el cocinero/a tiene una mano especial con la tortilla (habitualmente con albero). Y si no lo sabemos, ya para eso está nuestro compañero de trabajo, vecino, o cuñado, que nos informa puntualmente de todos estos detalles.

Si fuera una forma habitual de alimentarse, sería el primero en desaconsejarla, pero una vez al año, no hace daño. O lo mismo, sí.

©2019 Academia Andaluza de Gastronomía y Turismo

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