Nuestro españolísimo coñac hace ya años que por culpa de la abogacía, los derechos de marca, el márquetin, la pillería andaluza y general y la puñetera circunstancia anecdótica de que en un pequeño pueblín francés llamado Coñac se empezara hace siglos a elaborar un aguardiente de uva, se vió obligado a mudar su nombre por el de brandy y ponerle denominación de origen “de Jerez”. Pero reparen ustedes en que ni siquiera por su apellido de obligado cumplimiento, hemos conseguido hispanizar su designación. No tengo repajolera idea de la etimología del palabro brandy, pero no suena muy español y mi ignorancia me hace pensar en los ingleses afincados en el marcos de Jerez como sus progenitores.

Mal cambio. Mala elección nominativa. El tiempo me da la razón. ¿Oyen muy a menudo pedir “Juan, ponme un brandy”?. ¡Quiá! Los andaluces que lo producimos en tierras patrias desde hace mucho, siempre le hemos llamado por la castiza voz “coñá”, como lo demuestra el que con toda la coña y cachondeito que nos caracteriza, al que la tiene ronca en exceso, se le diga que tiene la voz de la coñá. Y es que este bebercio, en sus destilaciones más primarias y populacheras, dejaba mucho que desear y rajaba la garganta y el esófago hasta la barriga como si alambre de espino tragaras.

Tiene cojones que los derechos de propiedad intelectual hayan tratado de enmendarle la plana a la sabiduría callejera más alejada y desinteresada en intelectualidades y añejadas noblezas. Que aquí y ahora no escribimos de luisfelipes ni cardenalesmendozas, sino de autenticidades del pueblo llano, sean de montaña, marineros o de barrios de cualquier capital, donde tras el desayuno o terminando de almorzar, se arrean un buen lingotazo de coñá a palo seco o quizás endulzado en genial y brutal mezcla con el más ibérico de los aguardientes, el anís, para dar como resultado el sabrosísimo “solysombra”, que servido en castiza copita con raya roja a media panza es pura gloria. Puede que a cada nación lo que suyo sea se haya de dar, pero lo que nadie, ley, rey o gobierno, podrá jamás quitarnos es el derecho a quitapenas con coñá y llamarla a voces como en gana nos venga aunque en ello nos dejemos la voz. “¡Juan, viene ya ese coñá, joé!”.

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