Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué fue primero: la copa de la casa o los licores digestivos. El huevo o la gallina. El caso es que está generalizada la costumbre en muchos establecimientos: el camarero, al final de la comida, se acerca a la mesa con unas botellas de orujo, pacharán y/o licores de manzana, canela, bellota… y ofrece a los comensales un “digestivo” de la casa. He entrecomillado digestivo porque suelen ser de ínfima calidad y contribuyen más a los ardores que al procesado estomacal de alimentos. Mucho más harían por la noble causa digestónica si cuidaran, por ejemplo, la calidad de los aceites de las frituras. Pero esa es historia para otro día, el caso es que la costumbre de la copa de la casa ha calado tanto que muchos clientes la exigen en vez de esperar a que se la ofrezcan:

-¿Y la copa de la casa? ¿Invitaréis a algo, no?

Es como si el camarero exigiera la propina al presentar la cuenta. En fin, que las costumbres se hacen leyes, aunque a veces las situaciones devienen anecdóticas. Divertidas, al menos para los que las contemplamos desde fuera. Les cuento dos, ocurridas en sendos locales de la ciudad donde vivo.

Primera: Cinco clientes terminan de almorzar y piden la cuenta, que apenas llega a los veinte euros por cabeza a pesar de que es un sitio bastante caro. El dueño les ofrece ‘la copita de la casa’ y uno de los comensales responde:

-Pon cinco copas de Luis Felipe. La respuesta inmediata del hostelero fue:

-¡Te voy a poner cinco m…!

Respuesta poco educada, desde luego, pero comprensible si tenemos en cuenta que cinco copas del lujoso brandy onubense cuestan igual o más que la comida que acababan de consumir.

Segunda: En otro céntrico local, dos parejas llegan a las once y pico de la noche y quieren cenar. El maître accede resignado, después de pedir a la cocina que no cierren aún. La cena consistió en dos solomillos, troceados (los solomillos, no los comensales, como hubiera deseado el maître), dos postres y cuatro copas de vino de la casa. Como remate, los dos caballeros piden brandy Duque de Alba, pero precisan que sea una sola ración repartida en dos copas. Cuando les presentan la cuenta, uno de ellos le dice al camarero:

-¿Qué, la casa no invita a una copa?

El camarero, pacientemente, les pregunta lo que quieren. Respuesta fastuosa: Pues llénanos las copas del mismo Duque de Alba.

Sufridos hosteleros, oyes, que diría Forges.

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