Todos estamos muy contentos de que cada vez haya más productos ecológicos y que se respete el bienestar animal en granjas y mataderos. Es magnifico poder consumir huevos de gallinas no estabuladas, que viven libres por la granja, como hace cien, o incluso mil años atrás. Pero estas mismas personas que eligen dichos alimentos, con los que salvaguardan su conciencia, tienen mascotas en su casa del tipo de pequeños perros, gatos (que no salen de sus casas), canarios, periquitos u otras aves (enjauladas) peces (en acuarios, o peceras esféricas) e incluso animales exóticos que deberían estar libres en sus lugares de origen y no en terrarios, u otro tipo de cárceles de exhibición y postureo.

Se nos llena la boca de lo “natural”, cuando lo natural es que las aves (entre ellas la gallina) ponga sus huevos en primavera, o a lo sumo en verano, que es cuando su prole tendrá más opciones de conseguir alimento. Pero nuestras gallinas “naturales” ya ponen huevos todo el año. ¿Estamos dispuestos a no consumir huevos fuera de las estaciones de puesta?

Es muy propio de nuestra hipocresía optar por estos alimentos “naturales” a los que los chefs tratan con nuevas técnicas de cocina “molecular” o “tecnológica”; a los cuales fotografiamos con nuestro smartphone, en restaurantes climatizados y perfectamente “ambientados”, mientras parte del menaje, o las prendas de vestir y complementos (del restaurante, o las nuestras), han sido elaborados en países en vías de desarrollo por personas (cuando no niños) explotados laboralmente.

Tenemos productores de agricultura ecológica, que sirven sus productos a cientos de kilómetros de distancia al cliente final en sus hogares, por mensajería (en moto); los mismos que se indignan porque determinados países no cumplan el protocolo de Kioto.

Seamos coherentes: el desarrollo tecnológico alimentario, desde el fuego o el cuchillo de sílex, hasta nuestros días, ha mejorado nuestra calidad de vida (cuando no, directamente nos la ha salvado). A lo largo de la historia se han seleccionado especies animales y vegetales más productivas y mejor adaptadas a nuestras necesidades y normalmente velando por “cierto grado de confort o bienestar animal” (salvo casos muy flagrantes que todos hemos conocido y deplorado). ¡No todo lo industrial es malo, ni lo natural es bueno!

Pero, en cualquier caso, tratemos de ser coherentes entre nuestras creencias, querencias y acciones. Estemos dispuestos, no a los pequeños gestos, sino a los grandes sacrificios, si no queremos que nos tachen de hipócritas y, sobre todo, si queremos que realmente lo que hacemos sirva de algo.

Firmado mi gato Gandalf y yo.

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