Nos hemos acostumbrado a poder comer de todo en todo momento y de la forma en que consideremos oportuno y hay que reconocer que eso nos dota de una mayor autonomía a la hora de planificar cualquier tipo de menú. Sin embargo trae parejo una falta de libertad de elección, ciertamente paradójico, no digo que no. Nuestra libertad de elección se ve amenazada cuando somos conducidos a adquirir productos rentables para la cadena agroalimentaria, sin importar el origen de la producción y por intereses meramente de resultados empresariales.

Hace unos días, en pleno enero, con idea de hacerme con algo de fruta, me acerco a un super convencional con mi idea fija de mandarinas, naranjas, fresas, manzanas y permitidme incorporarla, batatas. Los plátanos por supuesto, son fundamentales por su potasio.

Pero hete aquí que me encuentro con un surtido sorprendente de ciruelas, peras, papaya, kiwis, ¡¡uvas, melones, sandias¡¡ y por supuesto piñas como en el resto del año. Gran parte de ellos con el marchamo ecológico para más burla.

Está claro que la alimentación ha de ser variada y nos ayudan los que se preocupan de nosotros, trayéndonos frutas de Chile, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Costa Rica, etc..

Me surgen dos inquietudes: la huella de carbono que producen los productos llamados ecológicos cuando atraviesan medio planeta para llegar a nuestra mesa y otra no menos importante el impacto brutal sobre nuestra propia agricultura haciendo que vayamos a monocultivos que sean competitivos en este mercado global.

Hay una tercera derivada, nos ponen en la tesitura de elegir entre nuestra propia fruta y la que viene del resto del mundo. Me puede alguien explicar que hacemos comiendo uvas en Enero de Sudáfrica, ¿por qué?, y no es porque la comamos, sino porque dejamos de comer las frutas que producimos al lado de nuestra casa y que son el sustento de miles de familias dedicadas a ello y que nos dan la libertad de investigar recetas antiguas y nuevas adaptaciones. Se nos muere el campo poco a poco, se nos muere la cultura de nuestros productos, se nos mueren nuestros tomates de verano. No es tiempo de salmorejo con todos mis respetos, esperemos a que esta fruta solanum lycopersum, esto es que necesita sol, mucho sol, tenga la suerte de coger horas y horas de sol, acompañadas de altas temperaturas, para que se nos llene de agua, esté turgente y no harinoso y repleto de sabor, olor, vitaminas y todo lo necesario para disfrutarlo. Comer por comer, no. Cada estación tiene su aquel.

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