Si hace un año me hubieran intentado convencer de la situación que se nos venía encima, estoy seguro que no les habría sido nada fácil hacérmelo creer.

Cuando una situación inesperada afecta ampliamente a un sector o a un hábito, con el tiempo nos adaptamos y solemos sacar conocimiento que nos ayuda a mejorar, o eso sería el ideal.

En el caso concreto de la producción y venta de alimentos, como ejemplo de situación traumática y desconocida en tiempos recientes me viene a la cabeza el caso de las vacas locas, que se dio a principio del nuevo milenio, justo al comenzar el siglo.

Una crisis alimentaria, iniciada por una zoonosis, pone en jaque al sistema alimentario completo, a nivel internacional, si bien en aquel momento los casos de humanos afectados fue mínimo, constituyó un antes y un después en los controles alimentarios y materias primas utilizadas en alimentación animal, tanto de legislación en alimentación humana, sistemas de producción de alimentos,  como de interés por parte del consumidor por todo lo relacionado con los sistemas productivos y calidad agroalimentaria que se mantiene hasta hoy en día.

Esta pandemia que estamos viviendo, Nos ha removido como sociedad en múltiples aspectos,  pero también lo ha hecho en lo personal, en lo familiar e incluso en las relaciones internacionales.

Cuando remita la pandemia, hará que nos replanteemos hasta los cimientos las relaciones personales, y más aún en sociedades mediterráneas como la nuestra tan acostumbrada al contacto personal y la vida fuera de nuestras casas en los innumerables locales de hostelería.

Como ya ha ocurrido otras veces en grandes tragedias, habrá en la sociedad un reajuste de prioridades.

A estas alturas ya podemos valorar lo bien que vivíamos, lo mucho que nos gusta estar con los nuestros. Podemos ver claro que parte de nuestra forma de ser y de vivir se sustenta en la relaciones con los demás fuera de nuestras casas.

Y podemos estar fuera de nuestras casas porque tenemos miles de familias que trabajan en los bares, cafeterías y restaurantes, más todos los distribuidores y productores que surten a esas familias. Creando puntos de encuentro donde hacernos sociedad, donde sociabilizar, en carne y hueso, sin monitores ni cámaras que nos filtren los sentimientos, la luz o la alegría de compartir la vida. Esta situación nos ha dado la oportunidad de valorar la suerte el rincón del mundo donde vivimos, una sociedad que debería  vivir con los demás, respetando, compartiendo y aprovechando cada minuto, porque está claro que no tenemos ni idea de qué nos deparará el mañana.

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