Cuando aquel día de 1874 un empleado del Puerto de Sevilla empotró al Adela, barco de vapor de bandera inglesa, contra una de las pilastras del Puente de Triana, cuentan que su capitán, un inglés rollizo, de piel blanca y cabello anaranjado, bajito y con un carácter endemoniado, tan sólo comenzó a dejar de soltar improperios cuando apoyó sus codos sobre la barra de roble del bar más antiguo de la ciudad y le pusieron por delante aquel guiso humeante en una cazuela de barro y un buen vino español. El director del puerto respiró cuando observó que el inglés aparcó su ira y comenzó a mirar fijamente aquellos garbanzos que parecían flotar en un mar de espinacas. “What is this?”, preguntó el sorprendido capitán. “I had never tried something so exquisite!”, exclamó, mientras vaciaba con ansia aquella cazuela.

Aquel pícaro sevillano que dirigía el puerto sabía muy bien lo que hacía cuando, para que amainara la tormenta, llevó a comer al capitán del Adela a aquel viejo bar. Y miraba sonriente como aquel inglés, cuya piel blanca ya tornaba en color rosado, viajaba en el tiempo a la cocina andalusí. Y es que no en vano, desde 1670, más de doscientos años antes de que el Adela chocara contra el Puente de Triana, en aquella taberna ya te daban de comer aquel guiso que debe ser considerado el estandarte de la gastronomía sevillana por antonomasia.

Sevilla es una ciudad de dualidades. Sin ellas Sevilla no es Sevilla. Y es que, hablando de pasiones, había sevillanos que morían con las verónicas de Joselito el Gallo, mientras otros lloraban de emoción cuando Juan Belmonte se clavaba en el albero del coso del Baratillo. Los hay que suspiran por la Señora de San Gil y los que rezan a la de Triana. Todos tenemos una parte blanca en el corazón, pero unos la unen al rojo y otros al verde. Y así, como no podía ser de otra forma, cuando nuestra tierra aún respondía al nombre de Al-Ándalus, una ingeniosa sevillana, harta de ver como el calor de Sevilla echaba a perder, carnes, pescados y hasta las verduras, tuvo la idea de crear otra dualidad, en este caso gastronómica, y unió para siempre en un mismo plato a las espinacas, verdura procedente de Persia que en el siglo XI introdujeron los árabes en España, y a los garbanzos, legumbre que se cultivaba principalmente en el Mediterráneo Oriental, todo ello condimentado con especies. Ese mágico maridaje creó un guiso duradero y resistente a las altas temperaturas de Sevilla, un plato que alcanzó todo su esplendor con la llegada del catolicismo y su Cuaresma. Siglos y siglos de historia, infinidad de avatares, de cambios. Pero en todo ese tiempo dos cosas inquebrantables: Nuestro cielo azul y las espinacas con garbanzos. Y es que lo que Sevilla une…

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