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Los olivareros están siendo injustamente linchados por la escalada del precio del aceite de oliva virgen extra en los lineales de las grandes superficies, como si fueran ellos los que fijan los precios, algo que ya les gustaría porque entonces sí que nos íbamos a enterar de lo que vale freír un huevo.

Resulta difícil entender que el aceite de oliva virgen extra español esté hoy más barato en Portugal, Francia o incluso en Inglaterra, donde muchos hemos visto una botella en el Duty Free del aeropuerto de Londres y pensado que estaba a precios de whisky escocés, de hecho ya hay quien ha hecho un meme al respecto.

La verdadera razón de esta subida es compleja y poliédrica, tiene muchas aristas: el mercado, la escasez en la producción, las tasas impositivas, las subidas de los costes de producción o la competencia de productos de inferior calidad de otros países que, con menores requisitos de sostenibilidad medioambiental, están aprovechando para arrimar el ascua a su sardina, expresión que por cierto tiene su origen en los campos andaluces, cuando los braceros trabajaban la tierra de sol a sol.

En esta nueva sociedad de la inmediatez y la desinformación es habitual que la opinión pública, necesitada de titulares y de respuestas que le ayuden a conciliar nuevamente el sueño para pasar a otro tema de rabiosa actualidad, sitúe en el blanco de sus ataques a quién menos culpa tiene y más perjudicado terminará siendo.

Desgraciadamente podríamos decir que algo así está sucediendo con los agricultores, ganaderos y pescadores en general y en esta ocasión con los olivareros en particular. ¿Cuántas son ya las crisis que, supuestamente, han provocado los profesionales que llenan nuestras despensas, neveras y bodegas para llenar sus bolsillos? Ya ni siquiera mi memoria es capaz de recordar el hostigamiento que sufren los más frágiles en la cadena de valor de los alimentos y bebidas porque cuando no es la leche, es el cabrito y si no el jurel… y yo me pregunto ¿qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? Nuestros supuestos altos ejecutivos del campo no conocen desde hace mucho tiempo ni el año de nieves ni el de bienes y sus bolsillos están vacíos, cuando no rotos.

España, superpotencia mundial en la producción de AOVE y especialmente reconocida también por la alta calidad de este producto, tiene la potestad, la obligación y el deber de proteger a los olivareros patrios y por extensión su alimento-medicina. En caso contrario corremos el riesgo de que, tras el linchamiento colectivo a los agricultores, los consumidores mermados de recursos económicos abandonen el consumo de AOVE irreversiblemente. Ya no solo por el daño al sector, sino la propia salud del consumidor que sustituirá la grasa más saludable del mundo, por cualquier sucedáneo barato. Esto, para mí, son los grandes temores: que finalmente tras esta crisis, otros vean una gran oportunidad para posicionar sus grasas y hacer de ello un buen negocio para terceros, ocasionando un malísimo resultado para nuestra gastronomía, la economía de nuestros agricultores y por supuesto nuestra salud. Un error, que pasada la tempestad, otros encuentren nuevos puertos para refugiarse y olviden la seguridad de nuestro mar de olivos.

No seré yo quien les explique el porqué de no abandonar los hábitos de una dieta mediterránea con miles de años de buenos resultados. No me atrevería ni siquiera tampoco a enumerar todas las características saludables de un alimento envidiado y valorado a nivel global. Tampoco quien entre al trapo de ponerle precio al AOVE que, como los vinos de Jerez, siempre me parecerá bajo, en base para todo su laboreo en el campo y faenas en las almazaras y bodegas… pero si seré quién dedique unas líneas a pedir, por favor, que dejen de poner en el centro de las críticas a los olivareros que ni controlan los volúmenes de sus producciones, ni ponen precio a las botellas y mucho menos se están lucrando de manera desproporcionada en relación al sudor de sus esfuerzos.

Recuerden, que somos lo que comemos y que no podemos caer en el juego de agitar, como si de un olivo se tratase, nuestra dieta y ponerla patas arriba. Hagamos entre todos un frente común para reivindicar el valor y prestigio de nuestros agricultores y ganaderos frente a los embistes de los intermediarios, mercados y tendencias malintencionadas de los grandes grupos de presión. Detrás de cada gran crisis de nuestra despensa, existen intereses supranacionales que secuestran nuestros campos, dehesas o caladeros y, si los consumidores de a pie no somos capaces de verlo y solo nos quedamos con el golpe de la subida del precio, flaco favor nos estamos haciendo los unos a los otros.

Por favor no les den más palos al olivarero y pidan cuentas a aquellos que permiten el linchamiento, pudiendo frenarlo.

Iván Llanza, Presidente Academia Andaluza de Gastronomía y Turismo.

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