Me gusta saber que en Andalucía, vaya donde vaya, siempre hay un plato, caliente o frío, dulce o salado, amargo o picante. Un plato para compartir no sólo el buen producto de nuestro mar, montaña o cielo, sino donde también para dar a conocer esta tierra, unida y sin fisuras, que quiere conseguir colocarse en el lugar que se merece.

Un objetivo que, evidentemente, tenemos que perseguir todos: cocineros, camareros, instituciones, tanto públicas como privadas; o asociaciones de cualquier índole, como la Academia Andaluza de Gastronomía y Turismo. Una institución que lucha desde su creación, el 15 de Noviembre del 2011, para poner en el sitio que se merece a nuestra tierra.

Pero no hay que olvidar que nosotros, los aquí firmantes, tanto a esto del comer como a todo lo demás, también le damos un buen pellizco de sabiduría y cachondeito a la gastronomía y el turismo y le ponemos una pizca de la sal de la vida. Esa misma sal que hace toda receta más sabrosa, más digna, más elegante, más noble, más llevadera, más alegre, más completa, más armoniosa y más popular; incluso cuando sale «mu malamente del tó».

Y, qué sería de nuestra cocina, de nuestras tradiciones y, por qué no, de nuestra felicidad si no tuviésemos en Andalucía unos agricultores, ganaderos y pescadores tan profesionales. Personas que se esfuerzan cada día en ofrecernos los mejores productos para, no sólo el deleite de nuestros paladares, sino para convertir en sublimes algunos momentos.

Ya lo dijo Blas Infante: «¡Andaluces levantaos!». Un grito al cielo que podría hacernos pensar que debemos sentirnos orgullosos de nuestra cultura gastronómica, de esa que lleva el producto a la cocina para convertirla en gloria bendita.

©2019 Academia Andaluza de Gastronomía y Turismo

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