El otro día me sorprendió un familiar que actualmente trabaja en hostelería para poder pagarse sus estudios con la siguiente afirmación: “Sorprendentemente me han hecho contrato”. Al preguntarle por la cotización, la sorprendida fui yo: “Estoy dada de alta a media jornada porque me han dicho que, aunque trabajo nueve horas, hago turno partido”.

Quizá otro día podamos abordar el tema de las personas que comienzan en hostelería sin tener formación, oficio ni interés, por esa idea absurdamente generalizada de que “cualquiera puede ser camarero”. Pero esa es harina de otro costal.

Demos un paso más allá y ya que la picaresca está ahí, hablemos del hecho concreto. Si tanto importa el turismo, y más concretamente el gastronómico en nuestra comunidad, ¿no habría que preguntarse cuáles son las condiciones en las que trabaja el currito del bar/taberna/restaurante? Al fin y al cabo muchos representan la primera toma de contacto del turista que nos visita.

Afortunados son los que consiguen un contrato, aunque sea a media jornada, y trabajan una media de 10 horas al día. También los hay que ni siquiera lo tienen, trabajando de jueves a domingo cobrando unos 30 euros por servicio. En ambos casos el denominador común es el siguiente: no reciben formación por parte de la empresa.

Ya que la empresa decide incorporarlos a su plantilla, siendo conocedora de su escasa formación en hostelería, ¿no tendría sentido que al menos se encargara de darle unas mínimas pautas para desarrollar su trabajo? Por lo general la respuesta es no.

Esto nos lleva a seguir fomentando la idea de que la hostelería es un cajón de sastre, donde todo vale y donde nada se pide. El trabajador no percibe la importancia del oficio y la empresa se siente exenta de dar a sus empleados unas justas condiciones laborales y formación continua. Todos contentos. ¿O no?

En esta espiral quien sale perdiendo es sin duda el cliente, el turista. Les pongo un ejemplo verídico. Van a una taberna y piden un vino tinto. El camarero les trae las copas servidas desde la barra (mal empezamos) y les informa que se trata de un tempranillo, aclarando que se llama así porque “viene de la primera cosecha”. ¿Qué cara se les acaba de quedar?

El servicio en la sala debe ser considerado como un elemento más dentro de la experiencia de comer fuera de casa y de la misma manera que pedimos calidad en la carta, es el momento de pedirla también en quien nos atiende ya que sala y cocina deben trabajar para un fin común: la satisfacción del cliente.

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