Cuanto encierra este refrán histórico en tierra de viñedos ! cuantas horas de trabajo de la tierra y la bodega que, por fin y siempre por San Andrés, se alían para ofrecernos lo mejor del año, el mosto-vino.

Cuanto encierra la cita! millones de seres vivos que han logrado el milagro de la fermentación y que marcan los aromas, la acidez y el peculiar sabor del vino niño.

Cuanta pasión y cuanta fe que ha esperado en el frío del acero el momento final, cuando la limpidez ha dejado paso al intenso brillo de un vaso de buen mosto.

Cuantos matices en nariz, parece increíble! Los levantes de agosto, las blanduras de septiembre y la albariza salobre siempre presentes, pero también, flores, levaduras y elegantes amargores en boca, nuestro mosto resume en un sorbo el devenir de la vendimia pasada.

Cuanto rito marcado por un momento del año agrícola que comenzó hace apenas unos meses, las ventas se engalanan, los “mayetos” presumen de sus logros en largas conversaciones de tardes que ya refrescan y es que, San Andrés, trae tambien los primeros fríos a la campiña.

Cuantos pueblos alegres por sus vinos que, en breve, recibirán el rocío del nuevo mosto para continuar su noble envejecimiento en la bodega.

Cuantos buenos ratos tras las banderas rojas que marcan la entrada de los carriles elegidos. Gastronomía de subsistencia que hoy resulta exquisita y que consigue que por San Andrés, miremos agradecidos  al campo y a la viña.

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