La nueva tendencia de alimentación en redes sociales, se llama Real Food o “comida real”, porque, aunque usted no lo sepa, el 80% de lo que está comiendo no es “real”, ni nutritivo, ni tan siquiera comida (según sus promotores). Además, son la causa de que estemos gordos, aunque todos pensábamos que era por tomar más calorías de la cuenta y tener una vida ultra-sendentaria. Porque esa es la otra partícula de moda, que acompaña al Real Food: el “ultra-procesado”, que las mafias criminales alimentarias diseñan en sus quimicefas clandestinos, para hacernos adictos a las drogas más letales que existen: azúcar, sal y grasa.

Pongamos un poco de sensatez: tomar ciertos alimentos procesados en gran cantidad, no es sano y menos cuando se hace prácticamente en todas las comidas. Pero tampoco lo sería tomar ningún grupo de alimentos en exclusividad, pues los nutrientes se distribuyen entre los distintos grupos de alimentos. Además, muchos de los llamados ultraprocesados son hipercalóricos.

El hombre lleva en el empeño de “refinar” alimentos desde la más remota antigüedad, como sacar aceite de las aceitunas, descascarillar cereales, o despellejar los animales que comía, entre otros. Si bien es cierto, que nuestra predilección por eliminar componentes de fibra dietética, para luego añadírsela a otros alimentos, ya raya en lo absurdo.

Y otra costumbre ancestral, ha sido mezclar ingredientes en platos como cocidos, pucheros, potajes, estofados, calderetas, etc., o saltando océanos, el mole poblano, o algunos platos orientales. Según los contadores oficiales de ingredientes, superan con mucho los aconsejados para no convertirse en ultraprocesados.

Pero quizás el mayor problema son esos polvitos que los malévolos industriales alimentarios echan a sus potingues, para contentar a los consumidores que queremos que los yogures tengan colores (cuando no tienen ni fruta), mayor firmeza, que no se desligue una vinagreta, o simplemente tener fechas de caducidad casi eternas. Sin embargo, aplaudimos cuando esas tecnologías alimentarias se aplican en la nueva cocina molecular o tecnológica.

Me declaro defensor a ultranza de la comida tradicional y popular, pero no podemos culpar al progreso del mal uso que hacemos de él, llámese energía atómica, coches, ganadería, o en este caso tecnología alimentaria.

Prohibir no es el camino y engañar, o asustar, mucho menos. La ruta pasa por una buena formación alimentaria del consumidor.

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