El 17 de diciembre el Tribunal de Justicia de la Unión Europea delega a la legislación de cada país el decidir sobre los sacrificios religiosos, es decir, que se pueda prohibir el sacrificio sin aturdimiento, que practican comunidades religiosas sobre todo judías y musulmanas. Posiblemente con una mayoría de “católicos” en nuestro país, esto nos pueda parecer irrelevante, pero además del respeto a los practicantes de estas religiones en nuestro país, debemos tener en cuenta la capacidad de exportación de carne a países sobre todo de religión musulmana que tiene España, que puede ver cercenada, no ya dicha exportación, sino la propia producción en origen de cordero, cabrito y vaca.

Pero la alarma no queda ahí, pues entre los considerandos de este dictamen judicial se evaluaron otros escenarios como la carne de caza, los espectáculos taurinos, e incluso una nueva normativa sobre pesca y piscifactoría, pues al fin y al cabo tampoco se aturde a estos animales antes de provocarles la muerte. De momento, todos ellos han quedado exceptuados del dictamen, pero no cabe duda que, serán los siguientes caballos de batalla judicial de GAIA (Global Action in the Interest of Animal) una vez superado el Tribunal Constitucional belga y ahora el Tribunal de Justicia Europeo. Son pequeñas batallas de concienciación hacia un modelo de producción animal que reducirá drásticamente el consumo de animales, que realmente es uno de sus últimos fines y el de colectivos veganos que lo sustentan.

Obviamente, no estoy realizando apología del sufrimiento animal, sino un simple ejercicio de liberta a la hora de elegir que quiero comer. La consecuencia de este tipo de pronunciamientos como un efecto mariposa ocasionará en los países que realicen una regulación en contra del sacrificio sin aturdimiento, una falta de abastecimiento interno y capacidad de exportación, lo que llevará a los creyentes a buscar el “alimento puro” en otros mercados, más caro y con un claro perjuicio económico a varios niveles. No se habrá evitado el sufrimiento animal, sino desviado el cauce de un río que inexorablemente llega al mar. En cambio, crea precedentes para abordar esos otros temas, que repercuten menos en el comercio de alimentos, pero mucho en el movimiento de personas, como la caza o la tauromaquia y trasciende mucho más allá.

Y todo ello a merced de unas mayorías parlamentarias que pueden regular al albur de un ideario que se puede o no comer; o si se prohíbe la actividad cinegética. Algo que debe sernos familiar con las consecutivas leyes de educación. O aún peor, en nuestro caso 17 regulaciones sobre el tema, cambiantes con el color político. Es un camino de intolerancia hacia las minorías, que puede que nos lleve un día a que las hamburguesas sean ilegales y se reserve ese nombre para lo que ahora hemos legislado que ni si quiera se puedan llamar “Green Burguers”.

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