Si buscamos el término “adjetivo” en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, nos encontramos que en primer lugar es definido como “que expresa cualidad o accidente” y también como “clase de palabras que modifican a un sustantivo o se predican de él, y denotan cualidades, propiedades y relaciones de diversa naturaleza”. La cuestión se complica, afortunadamente, por el vasto patrimonio de la lengua Española, si queremos calificar un tipo de adjetivo. Esto, que en sentido idiomático es una riqueza, aplicado a la gastronomía puede ser una verdadera calamidad. Ahora y debido a la globalización, no sólo hay que saber qué quieres pedir en un restaurante, asunto que de por sí es a menudo complejo, sino que hay que realizar un esfuerzo intelectual para elegir el “restaurante” al que tienes que ir para comer aquello que te apetece. Este fenómeno, en gran medida, se debe a los “restaurantes adjetivados”: así nos encontramos con: Restaurantes de “Alta cocina”, Restaurantes “Temáticos”: chinos, japoneses, panasiáticos, americanos, mexicanos, italianos…, Restaurantes “Buffet o Self service”, Restaurantes de “Comida rápida o Fast food”, Restaurantes de “Comida para llevar o Take away». Convirtiendo un acto en suma placentero, en algo tedioso y estresante, incluso antes de elegir el establecimiento. Sin contar que, si dejo a mi pobre abuela en el centro de una gran “Urbe”, no come ese día por no saber idiomas, demencial sin duda.

Sin embargo, el “adjetivo” que más se debería dar en un restaurante es el que desgraciadamente está desapareciendo, convirtiéndose en algo en peligro de extinción, me refiero al de “Casa de Comidas”. Casas de comidas que nos han alimentado y nos han hecho disfrutar, hasta relamernos las manos y que podemos definir así: “Restaurante de cocina popular y tradicional, cuyo mérito está en los ingredientes empleados y en la buena mano para darles punto, no en ninguna técnica complicada ni en una especial creatividad”. Y es que cada día es más difícil disfrutar de un potaje, un guiso marinero o de caza, unos huevos fritos con patatas, unas migas con sus “avíos”, una sopa de ajo o un escabeche, un gazpacho o un salmorejo “normales”, y tantas y tantas elaboraciones, sabores y olores que tenemos en el recuerdo. “Casas de comidas” que llevan en sus puertas el eslogan de Boulanger, el mesonero que inauguró lo que podría considerarse la primera casa de comidas, con un emblema en la puerta que decía “Venite ad me vos qui stomachum laboratis et ego restaurabo vos” en castellano podría traducirse como “Venid a mí todos los de estómago cansado y yo os lo restauraré.” En definitiva menos “restaurantes adjetivados” y más Casas de Comidas.

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